Después de 15 años Éver Aleán regresa a su origen, la escuela donde recibió su formación inicial en el pueblo donde pasó los primeros años de su vida.
Allí recordará que una vez quiso ser el mejor raspachín de coca, el único oficio que los campesinos de su tierra sabían hacer. Volverá a su mente la ilusión que él y los niños y jóvenes de La Caucana tenían con el dinero fácil que abundaba en ese poblado escondido en los valles infinitos del Bajo Cauca. Su memoria revive el día en que ese falso paraíso se desvaneció cuando la guerra tocó a su puerta y le arrebató para siempre a una de las personas que más amaba.
Hoy, luego de duras pruebas, pero con la satisfacción de haber ido a la universidad y haber reconstruido sus sueños, Éver agradece a la vida lo que le ha dado: su familia, su trabajo y una oportunidad para ser útil a la sociedad que tanto lo necesita. Lo que hoy es este joven, debe servir de ejemplo para aquellas personas que han padecido las vicisitudes de la guerra.
