El día en que un barco carguero salió del puerto de Cartagena con 50 toneladas de café rumbo al viejo continente, Ómar celebró con orgullo y lloró de emoción porque allí iba consigo parte de su alma, ese grano bendito que le ha dado todo y le ha devuelto la esperanza a cientos de familias campesinas de Briceño y Anorí.
Se sentía feliz porque el aroma de su café sería degustado con placer en muchos hogares de Europa. ¿Cómo no podía estarlo si esos mismos granos lo salvaron de morir cuando, años atrás, era un cultivador de coca en las agrestes montañas de su región? Ahora sus manos están sucias pero de la tinta del café y no de esa planta maldita que ha sido el combustible de la guerra que él mismo padeció. El café le ha devuelto a Ómar la esperanza de morir de viejo.
